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TESTIMONIO DE ACOGIDA
POR DOS EUROS
15 DIC: 2010Lourdes, Sector Caritas.

Generalmente después de una acogida no “nos llevamos los casos a casa”, o por lo menos no debemos. Aunque parezca duro cuando acaba la acogida, nos reincorporamos a nuestras vidas personales sin dejarnos afectar más allá de lo que lleva a la reflexión sobre la injusticia social, de lo egoístas que somos en nuestra incapacidad de ceder algo nuestro o de lo cierto que es, que sí podemos hacer algo desde nuestra posición individual.
Sin embargo hay veces que te llevas una historia en lo profundo del corazón. Con pocos casos me ha ocurrido y uno de ellos es el que quisiera contar brevemente.

En un jueves como otro cualquiera apareció una chica de unos treinta y tantos años, con toda la frustración de la vida en la expresión de su cara. Nos pedía dos euros. Dos euros. No me lo podía creer. Nunca había atendido una solicitud tan pequeña. Dos euros para comprar una medicación cuyas recetas nos mostraba. Pasado el desconcierto inicial mi compañera de acogida y yo, empezamos cuidadosamente a hacer las preguntas obligadas. Aquello era un muro, de respuestas, de dureza en la cara a la vez que de amargura y profunda tristeza. Seguimos hablando con ella como pudimos, la conversación iba y venía y  poco a poco se suavizaba, mínimamente, su gesto de inmensa soledad. Como todos, firmó el pertinente “recibí” por valor de dos euros. Cuando se fue esbozó un gesto que quería iniciar una sonrisa. Volvió varias veces.

Aquella noche cuando llegué a mi casa me sentía rara, desconcertada. Seguía sin creerme que una persona estuviera tan mal como para ir a Cáritas a pedir dos euros. Para mucha gente no es fácil ir a Cáritas, se vive con humillación y vergüenza. No son fáciles para nosotros esas acogidas.  He conocido a un hombre que nunca se quitó las gafas de sol, absolutamente negras, en todas las acogidas que le hice, incluida la visita a su casa.
Esa noche yo estaba muy tocada, veía y sigo viendo, entre mis dedos índice y pulgar la moneda de dos euros que le di. Me vino a la mente este Cristo de la Cruz que clama por las gentes de dos euros: fracasados de dos euros, prostitutas de dos euros, drogadictos de dos euros…

Al cabo de unos meses me la encontré por la calle, me llamó absolutamente sonriente y me presentó a su novio. Cuando lo hizo, dijo: “Esta sí que es una señora”, él me miró y dijo: “Me había hablado de ti”. Me gustó. Me despedí de ellos con la íntima sensación de haber hecho sencillamente lo que hay que hacer, sin más méritos.

No ha vuelto por Cáritas, Dios quiera que le haya ido todo muy bien.

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