Hoja de la Palabra correspondiente al Domingo 22 mayo
Domingo 5 de Pascua

HECHOS DE LOS APOSTOLES 6, 1-7

En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas. Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron: «No nos parece bien descuidar la Palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra». La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando. La Palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos, incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

«Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti»

I PEDRO 2,4-9
Queridos hermanos: Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Dice la Escritura «Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado». Para vosotros los creyentes es de gran precio, pero para los incrédulos es «la piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular», en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino. Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.

juan 14, 1-12
Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mi. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mi? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre».
 
Padre bueno,
con gratitud nos sale del alma una plegaria compartida
reconociendo que nos has llamado y elegido.
Somos tu Pueblo, tu Iglesia.
Como tantos creyentes, sentimos la necesidad
de proclamar tus maravillas:
confesar que intervienes en nuestro favor,
que has desplegado la fuerza de tu brazo salvador
y nos invitas a permanecer en el seguimiento de Jesús.
Él es el Camino que muchos descartan,
la Verdad por encima de cualquier otra verdad,
la Vida de calidad cribada hasta el martirio.
En Jesús y en su Evangelio tenemos la piedra angular
y el fundamento sólido para construir la humanidad nueva.
Animados por la autenticidad de muchos testigos
y deseando que la vida exprese lo que rezamos....


Cuando participamos en la Eucaristía, nos unimos al misterio de amor del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y a su proyecto salvador para todas las personas.
Si de verdad hemos encontrado aquí a Cristo, debemos proclamar con nuestra vida su amor misericordioso y su presencia. Que su ejemplo, junto con el de María, los santos y tantos misioneros y misioneras anónimos que han extendido por el mundo este amor, nos impulsen en nuestro compromiso misionero.

Gracias por todos los dones
que me regalas.
Gracias por mi familia,
por mis amigos,
por las posibilidades que me das,
por conocerte y amarte.
Gracias, Jesús,
porque me muestras tu amor
en el cariño de los demás.
Te quiero pedir que me ayudes
a ser generoso,
a saber responder a tu llamada
y a compartir toda mi vida
con los demás.
Ayudame a dar muchos frutos.
Porque todo lo que me diste
es para compartir
y ofrecer a los demás.
Jesús quiero ser cada día
un poco más parecido a ti.

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Acción de gracias

Te bendecimos, Padre,
porque mediante el bautismo en Cristo
nos has hecho miembros vivos de tu pueblo la Iglesia.
Ésta no es una masa amorfa y acéfala,
sino un pueblo organizado en el servicio de la palabra,
de los sacramentos y de la caridad.
Gracias, Señor, porque cuentas con nuestra pequeñez y
quieres necesitar nuestra inteligencia y
nuestro corazón, nuestras manos, nuestros labios,
nuestros pies y nuestro tiempo,
al servicio de tu buena nueva de salvación y de amor al hombre.
No permitas, Señor, que nos cerremos en la comodidad,
en la apatía, en el egoísmo, en la falta de fe en definitiva.
Llénanos de la fuerza del Espíritu, y cuenta con nosotros.

Amén.

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