Hoja de la Palabra correspondiente al Domingo 1 mayo
Domingo 2 de Pascua

1 HECHOS DE LOS APÓSTOLES 2, 42 47 1

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida en común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

«Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia»

PEDRO 1, 3-9
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

JUAN 10,19-31
Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo
 
San Mateo nos narra la Pasión y muerte de Jesús. El evangelista nos va a contar los padecimientos de Jesús. En la Pasión de Jesucristo se cumplen las Escrituras: Él es el Mesías esperado, es el Siervo de Yahveh anunciado por Isaías. La Nueva y eterna Alianza comienza en la pasión en la muerte de Jesús. Él es el Hijo de Dios. Cristo se da totalmente, hasta entregar su vida, para revelarnos el amor salvador de Dios.
 

Te damos gracias, Padre, Dios misericordioso,
porque en tu Hijo Jésucristo, nos has mostrado la esperanza definitiva
a la que tú nos llamas. Tú has resucitado a Jesús, Señor nuestro, de la muerte,
y por la fe en él, quieres que tengamos vida abundante.
Ayúdanos, Señor, a contemplar nuestras comunidades cristianas con ojos de Pascua,
que las huellas de la Pasión y de las muertes diarias no oculten la vida nueva,
que tú nos ofreces en Jesucristo, muerto y resucitado para nuestra salvación.
Que las dificultades, sufrimientos, divisiones y desánimos
nos lleven a un seguimiento más fiel, a una fe más auténtica,
a un testimonio más vivo y gozoso de Jésucristo,
vida y esperanza nuestra, dejándonos animar y renovar por tu Santo Espíritu
Señor, Ilumina nuestro caminar en pos tuyo,
para que ofrezcamos a los hombres y mujeres de este tiempo,
los frutos del encuentro contigo, ya resucitado.
Que experimenten la paz,
la unidad y la alegría de vivir desde ti
en este mundo hasta que llegue el momento de gozar en tu presencia,
de forma ya plena de la esperanza viva
a la que nos has hecho nacer de nuevo por medio de tu Pascua.



Cuando participamos en la Eucaristía, nos unimos al misterio de amor del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y a su proyecto salvador para todas las personas.
Si de verdad hemos encontrado aquí a Cristo, debemos proclamar con nuestra vida su amor misericordioso y su presencia. Que su ejemplo, junto con el de María, los santos y tantos misioneros y misioneras anónimos que han extendido por el mundo este amor, nos impulsen en nuestro compromiso misionero.

Señor, Tomás no estaba con los discípulos
cuando te apareciste por primera vez.
Le pasó como a muchos de nosotros:
no díó importancia al encuentro dominical.
Ayúdanos a ser más conscientes
de la importancia de la Eucaristía
y danos inteligencia para vivir el Domingo
como un día de descanso,
de oración y de encuentro.
El miedo, Señor, nos aparta de los demás.
Cerramos las puertas de casa y las del corazón,
y no sabemos descubrirte
cuando te haces presente.
Señor, tu presencia siempre es sinónimo de paz.
Una paz que necesitamos
transmitir a los demás,
porque de la abundancia del corazón
habla la boca.
Tuviste paciencia con Tomás.
Era un hombre fiel,
pero le costaba asimilar los cambios.
Ten paciencia también con nosotros.
Tenemos miedo y a veces

somos bastante desconfiados


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