Hoja de la Palabra correspondiente al Domingo 17 abril
Domingo de Ramos

ISAIAS 50, 4-7

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me abrió el oido.
Y yo no resistí ni me eché atras: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

«Dios mío, Dios mío. ¿Por qué me has abandonado?»

FILIPENSES, 2-6-11
Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera y se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre sobre todo nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

MATEO 26,14; 27,66
Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo
 
San Mateo nos narra la Pasión y muerte de Jesús. El evangelista nos va a contar los padecimientos de Jesús. En la Pasión de Jesucristo se cumplen las Escrituras: Él es el Mesías esperado, es el Siervo de Yahveh anunciado por Isaías. La Nueva y eterna Alianza comienza en la pasión en la muerte de Jesús. Él es el Hijo de Dios. Cristo se da totalmente, hasta entregar su vida, para revelarnos el amor salvador de Dios.
 

Te alabamos, Padre santo, por Jesús,
siervo y Señor, modelo de generosidad,
Redentor que entrega la vida voluntariamente,
como una semilla vigorosa y fecunda,
se multiplicó en culto y obediencia,
su estilo de vida te agradó,
el pueblo intuyó su valía y ejemplaridad,
lo admiró y aplaudió muchas veces;
pero no llegó a entender a su originalidad,
lo condenó, lo torturó y lo crucificó por blasfemo.
Tú, Padre, siempre a su lado, solícito,
recogiste su cuerpo tronchado y lo llenaste de resurrección.
Satisfecho y orgulloso de su vida,
lo has levantado en el cielo y en la tierra
y lo presentas a la historia como el gran testigo salvador.
Nosotros, reunidos en su nombre,
y admirando su enorme calidad...


Cuando participamos en la Eucaristía, nos unimos al misterio de amor del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y a su proyecto salvador para todas las personas.
Si de verdad hemos encontrado aquí a Cristo, debemos proclamar con nuestra vida su amor misericordioso y su presencia. Que su ejemplo, junto con el de María, los santos y tantos misioneros y misioneras anónimos que han extendido por el mundo este amor, nos impulsen en nuestro compromiso misionero.

Gloria a ti, Señor Jesús, el servidor paciente del Padre,
porque con tu cruz gloriosa inauguras un amor sin fronteras.
Nadie te quita la vida, sino que tú la entregas voluntariamente
por nosotros y por nuestra salvación.
¡Misterio de amor!
No queremos lavarnos las manos ni ser meros espectadores en
el drama de tu pasión.
Reconocemos nuestra culpa y pecado.
Tus enemigos creyeron acallar tu voz para siempre,
pero la semilla de tu palabra germina
en el corazón del que ama y del que vive contigo el espíritu de
las bienaventuranzas.
Concédenos seguirte incondicionalmente,
mientras anunciamos tu muerte
y proclamamos tu resurrección.
¡Ven, Señor Jesús!
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