Hoja de la Palabra correspondiente domingo 6 febrero.
Domingo V de Tiempo Ordinario

SOFONIAS 2,3; 3, 12 13

Buscad al Señor los humildes, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación, quizá podáis ocultaros el día de la ira del Señor. «Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor. El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera; pastarán y se tenderán sin sobresaltos»

«El justo brilla en las tinieblas como una luz».

I CORINTIOS 2,1-5
Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

MATEO 5, 1-13-16
Convertirse es ponerse en camino. Aqui y ahora.
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo».
 

Dios y Padre nuestro, te alabamos con alegría
porque podemos ser sal y luz en medio de la gente.
¡Qué maravilla! Nuestra vida puede alumbrarte,
ser símbolo de lo bueno que eres,
comunicar la mística de los bienaventurados.
Todo es un puro don tuyo.
¿Qué sería de nosotros sin tu Espíritu?
Es El quien nos inculca los valores del Evangelio,
quien nos alimenta como creyentes,
quien nos estimula a compartir.
El mismo Espíritu nos impulsa a ser hijos de la luz
y a evangelizar sin cansancio por tu Reino.
Padre, te glorificamos con todos los que te conocen.
Unimos nuestro testimonio
para que resalte mejor tu presencia.
La Comunidad nos apoya en la misión.
Aunque a veces nos frena el desaliento
y malgastamos los dones de la sal y de la luz,
esperanzados y convertidos...


Cuando participamos en la Eucaristía, nos unimos al misterio de amor del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y a su proyecto salvador para todas las personas.
Si de verdad hemos encontrado aquí a Cristo, debemos proclamar con nuestra vida su amor misericordioso y su presencia. Que su ejemplo, junto con el de María, los santos y tantos misioneros y misioneras anónimos que han extendido por el mundo este amor, nos impulsen en nuestro compromiso misionero.

Jesús,
cuando me dices que he de ser
«sal de la tierra y luz del mundo»
me estás invitando a colaborar
en la construcción
de un mundo más humano.
«Ser sal» que dé gusto de humanidad
a todas las realidades de la vida cotidiana.
«Ser luz» que ilumine el camino y la vida
y expulse las tinieblas
de la duda, la confusión y la ignorancia.
Cuando miro a la historia de la humanidad,
veo que las personas que han sido luz
y han marcado un camino de vida y de paz
son personas más humanas y más implicadas
en la reflexión y en la acción,
pero también más abiertas al Espíritu.
Tú has sido la «Luz» del mundo
y, siguiendo tus huellas y propuestas,
ahora somos tus discípulos
los que hemos de ser
constructores de un mundo más humano
que esté de acuerdo
con el Proyecto del Padre.
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