catequesis de confirmación

 

Carta abierta a los jóvenes.
15 nov 2012
Equipo de Catequesis Confirmación
¿Qué es para mí ser catequista de confirmación?

Llevar ese grupo suponía renunciar a mi única tarde libre y cargar todavía más trabajo sobre mis ya saturados hombros. Así pues, con poco entusiasmo pero empujado por la fuerza de la voluntad de Dios, di el sí quiero a estas seis señoritas. [.. ] sin nadie que se interpusiera entre Él y yo, cuando Dios me convenció de que sí que estaba hecho para eso. Él me había elegido, y no podía fallarle.

Cuando pensé en la confección de este texto, la intención inicial era consensuar su contenido con el resto de amigos –por no decir hermanos- que me acompañan en esta aventura de impartir catequesis de Confirmación. Sin embargo, el escaso tiempo del que disponemos y las obligaciones de cada uno de nosotros han impedido que podamos hablar al respecto. Por eso, lo que iba a ser un testimonio común se ha visto reducido a una confesión individual, a un relato mucho menos interesante pero que necesito compartir. A pesar de ello, sería injusto dejar de nombrar a Alejandro, Jorge, Víctor, Ignacio y Sara. Y si injusto sería no nombrarles, imperdonable resultaría no darles las gracias.

Gracias por ser los responsables, con mayor o menor grado de culpa, de que aceptase esta labor que Dios nos tenía reservada, aunque me costase darme cuenta un poco más que a vosotros. He de confesar que yo me mostré reacio a impartir catequesis cuando se nos presentó la posibilidad. Por tanto, no hace falta decir que aceptar la misión en solitario ni siquiera pasaba por mi cabeza.

 
Pero el camino que tenía que recorrer ya estaba escrito y no podía darle la espalda. Al poco tiempo de que ellos comenzaran su andadura, y gracias a la buena fama que tan poco les costó labrarse, aparecieron Saray, Sandra, Paula, mis dos Irenes y Pili. Cuando me dijeron que había un grupo sin catequista y me pidieron que aceptara, maldije sus nombres en incontables ocasiones. No pasa ni un solo día en el que no pida perdón, pero en mi defensa he de decir que llevar ese grupo suponía renunciar a mi única tarde libre y cargar todavía más trabajo sobre mis ya saturados hombros. Así pues, con poco entusiasmo pero empujado por la fuerza de la voluntad de Dios, di el sí quiero a estas seis señoritas. Si lo hice, fue solo para evitar que se marchasen de la Iglesia, esa institución que tanto me ha dado, sin poder recibir el sacramento que habían venido buscando. No obstante, la situación empezó a cambiar a pasos agigantados.

Nunca antes había sentido tantos nervios como en los cinco minutos que precedieron a mi primera reunión con ellas. No podía parar de recorrer los pasillos de San Jorge con la mente puesta en otra parte. Hasta que entraron, nos sentamos y en un abrir y cerrar de ojos salieron de nuevo. “No ha sido para tanto”, pensé. En esos primeros pasos, Alejandro me acompañaba con un rumbo todavía más dubitativo que el mío, tanto que acabó dejándolo a los dos o tres días. A pesar de ello, me resisto a dejarle marchar de esta manera. Me gustaría decirle tantas cosas… Pero basta con que sepa que mi amistad, y la del resto de compañeros, esperará intacta la fecha que el Señor marque para su retorno, porque volverá, estoy seguro.
El momento decisivo llegó el día de nuestro tercer encuentro. Después de haberme sentido bastante cómodo, una vez se habían marchado, entré en el templo para vivir en solitario un momento de oración. Fue entonces, sin nadie que se interpusiera entre Él y yo, cuando Dios me convenció de que sí que estaba hecho para eso. Él me había elegido, y no podía fallarle. Ni a él ni a otros muchos que habían depositado su confianza en mí. Sentí la llamada y marché decidido al encuentro. Había llegado la hora de empezar a devolver alguno de tantos favores que han llegado desde ahí arriba. Y que mejor forma que transmitiendo a unas jóvenes, con más o menos fe, el profundo amor que Dios nos tiene, por mucho que la sociedad se  empeñe en vivir de espaldas a esta realidad.
Todo cambió. Desde aquel día, siento una ilusión cada vez mayor porque llegue nuestra siguiente reunión. Por eso, dedico todo el tiempo que sea preciso a su preparación, y lo mejor de todo es que no es ningún esfuerzo, sino que tengo necesidad de ello para evadirme de los demás deberes que me rodean. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que la catequesis es para mí un refugio al que acudir y en el que tomar energías para seguir adelante.
Resulta obvio que la actitud de las chicas, de mis chicas, también ha tenido mucho que ver. Como les repito hasta el aburrimiento, “no estamos aquí para ser mejores cristianos, sino para ser mejores personas. Lo uno llegará con lo otro.” A pesar de mis limitaciones, intento aportar mi granito de arena para que sientan la existencia de Dios en su vida y se den cuenta de que siempre está con nosotros. Me hace tan feliz creer que lo estoy consiguiendo… Sin darse cuenta, ellas también me están ayudando a mejorar, a ser mejor persona y a vencer algunas de mis mayores dificultades, como mi timidez o algún otro problema que sólo comparto con un pequeño grupo de elegidos, del que ellas ya forman parte. En un tiempo récord, se han convertido en una pieza imprescindible de mi vida. Quizá me equivoque, pero me parece que ellas sienten algo similar, no sólo conmigo, sino con el grupo en general. Empiezan a ver que la Iglesia es una familia de familias, y nosotros ya formamos la nuestra.
El calor del verano marca el final de estos tres meses de convivencia y de toma de contacto, pero nos permitirá cargar energías hasta que la treintena de jóvenes que han tenido la valentía de dar este paso vuelva al día a día de todo el equipo de catequistas. Lamento haber aportado una visión tan personal, pero espero que sirva para que nadie dude jamás de mi compromiso con la Iglesia, con la Parroquia de Nuestra Señora de la Esperanza, con mis compañeros y con mis chicas. Antes de terminar, os vuelvo a mostrar mi agradecimiento por haberme hecho el regalo más grande que jamás haya recibido, el de sentirme útil en la vida de los demás. Porque, para mí, eso es ser catequista, ayudar a que otras personas vean la luz de la fe, la misma que a mí me mantiene en pie cada día.

Alberto Fortea Laguna

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