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Él nos amó primero.
8 may 2012
Lucio Arauzo. Sacerdote
Quien no ama no ha conocido a Dios.
No se es cristiano por una decisión ética o una idea, sino por el encuentro con una Persona que desde el amor da un nuevo horizonte a mi vida.

SEXTO DOMINGO DE PASCUA
13 de mayo de 2012

HOMILÍA

DIOS ES AMOR.

“Dios es amor”. Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan el corazón de la fe cristiana. No se es cristiano por una decisión ética o una idea, sino por el encuentro con una Persona que desde el amor da un nuevo horizonte a mi vida. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero. Y puesto que Dios nos ha amado primero, ahora el amor ya no es sino la respuesta al don del amor de Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.

Jesucristo es el amor de Dios encarnado. Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca la moneda que ha perdido, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de palabras, sino que es la explicación del propio ser de Dios. Así es Dios, y por eso actúo yo así, nos dice Jesús. En su muerte en la cruz, Jesús nos muestra el amor llevado hasta el extremo. Y, desde esa entrega, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar.

Jesús ha perpetuado su entrega en la Eucaristía. Y la Eucaristía nos introduce, a quienes comulgamos, en su misma entrega. La “mística” del Sacramento tiene un carácter social, porque en la comunión sacramental yo quedo unido al Señor, como todos los que comulgan, para la salvación de todos los hombres. La comunión me hace salir de mí mismo para ir hacia Él, y por tanto, también hacia los hermanos. En la comunión eucarística está incluido a la vez el ser amados y el amar a los otros. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma.

Jesús se identifica con los pobres. Las grandes parábolas de Jesús han de entenderse a la luz de este principio. El rico epulón suplica que se advierta a sus hermanos de lo que sucede a quien ha ignorado al pobre necesitado. La parábola del buen Samaritano nos lleva a considerar que “prójimo” es cualquiera que tenga necesidad de mí y al que yo pueda ayudar, aquí y ahora. Por fin, la gran parábola del Juicio final nos recuerda que el amor se convierte en el criterio para la valoración definitiva de una vida humana. Jesús se identifica con los pobres: los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos o encarcelados. “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mateo 25, 40). En el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios. Amor a Dios y amor al prójimo están entrelazados, y cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios.

El amor al prójimo enunciado por Jesús consiste en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o que ni siquiera conozco. Al verla con los ojos de Cristo, puedo ofrecerle la mirada de amor que él tal vez está necesitando. Si me limito a ser “piadoso” y cumplir con mis “deberes religiosos”, se marchita también mi relación con Dios. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para darle amor, abre mis ojos a lo mucho que Dios me ama.

Lucio Arauzo.

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