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Paz a todos los hombres, a quienes Dios ama
18 abr 2012
Lucio Arauzo. Sacerdote
Dios está definitivamente al lado del hombre, le ama y le perdona.
Nadie puede ser creyente sin esta experiencia personal de encuentro con el Señor resucitado. Esta es la fe que la Iglesia vive y propone a cada uno y a todos sus hijos.

TERCER DOMINGO DE PASCUA
22 de Abril de 2012

HOMILÍA

“¡Paz a vosotros!”

Hermanos: Reunidos por la fe en la resurrección del Señor, ¡que la paz de Cristo resucitado os llene de alegría el corazón!
El texto evangélico de este domingo comienza con el último versículo del relato de la aparición de Jesús a los discípulos de Emaús. Ellos, aunque el día ya declinó, se levantan al momento de la mesa en la que Jesús partió el pan, y vuelven a Jerusalén donde el grupo de discípulos está celebrando su fe en la resurrección del Señor Jesús: “Es verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. A ese grupo y a esa fe se incorporan los creyentes en Jesús de todos los tiempos.
Las primeras palabras de Jesús en ese reencuentro son: “¡Paz a vosotros”. En este momento dramático que vive nuestro mundo, suenan hoy esas palabras: ¡Paz a vosotros! ¡Paz a todos los hombres y mujeres del mundo, a todos los pueblos! Paz a todos los hombres, a quienes Dios ama. Una paz que es don y tarea: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios”.
Aquel Jesús a quien los poderes de este mundo crucificaron, ha resucitado y vive. El crucificado es el resucitado, y el resucitado es el mismo que fue crucificado. Lo que dijo y lo que hizo mientras estuvo con ellos, lleva vida eterna para cuantos creen en él. Y este encuentro con Cristo vivo es el fundamento de la fe de los discípulos, de los de aquella primera hora y de cuantos creerán en su testimonio a lo largo de la historia. Nadie puede ser creyente sin esta experiencia personal de encuentro con el Señor resucitado. Esta es la fe que la Iglesia vive y propone a cada uno y a todos sus hijos.
Confirmada su fe, su esperanza y su amor por la presencia viva del Maestro y Señor, los discípulos cambian su miedo por la alegría, y dan testimonio con mucho valor: “Vosotros sois testigos”. En el nombre de Jesús se hace el anuncio de la conversión y el perdón de los pecados. Dios está definitivamente al lado del hombre, le ama y le perdona. Y espera de él que oriente su vida hacia la luz que brota de su Hijo resucitado: “En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos”. En su Hijo Jesucristo, siguiendo su camino, recordando sus palabras y poniéndolas en práctica, es posible un mundo diferente, reconciliado, una convivencia fraterna universal.
La conversión implica la vuelta de toda la persona a Dios, a Jesucristo. Él es nuestra paz. Los creyentes nos abrimos a Él de modo particular por la oración y el compromiso. Todos debemos orar por ese don supremo que es la paz. La Eucaristía es el lugar privilegiado para el encuentro con Dios, en el que la Iglesia implora la paz para sí misma y para toda la familia humana. Y con Él comulgamos para ser también nosotros cuerpo que se entrega por todos.
Los que participamos en esta Eucaristía, queremos asumir ese compromiso por la paz, edificada sobre la verdad, la libertad, la justicia y el amor. Sin estos cimientos, “la paz será una palabra vacía”, decía el bienaventurado Juan XXIII. De ese compromiso por la paz hacemos ofrenda al Padre, junto con el pan y el vino que vamos a poner sobre el altar.

Lucio Arauzo.

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