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¡PADRE, GLORIFÍCAME!
21 mar 2012
Lucio Arauzo. Sacerdote
Jesús habla con sencillez, para gente sencilla.
Como él, nuestra vocación es entregar la vida para que demos fruto en el mundo. Es nuestra propia vocación, porque es la vocación de todo cristiano. Aquí no puede haber “escasez de vocaciones”.

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA
Ciclo B. 25 de Marzo de 2012

HOMILÍA.

¡PADRE, GLORIFÍCAME!

Muchos de nosotros habremos oído, en el funeral de algún familiar o amigo nuestro, esas palabras de Jesús hablando del trigo que cae en la tierra y muere y da mucho fruto. Ahora, en este domingo 5º de Cuaresma, esas palabras nos hablan de Jesús. Él es el grano de trigo que al caer en tierra y morir da mucho fruto. Jesús habla de su propia muerte. Toda su vida ha sido un entregarse a los demás, un ir muriendo día a día para que todos tengamos vida. Aún resuenan en nosotros las palabras de Jesús a Nicodemo el domingo pasado: es voluntad del Padre que todo el que crea en el Hijo tenga vida eterna.

Jesús habla con sencillez, para gente sencilla. El hombre y la mujer de campo entienden bien sus palabras, saben que es necesario que el grano sembrado sea sepultado por la tierra fecunda. A su tiempo germinará en una espiga que dará fruto al que siembra y al que siega. Pero antes ha de aceptar la muerte del grano caído en tierra.

Así, paso a paso, palabra a palabra, nos acercamos hacia la Pascua. Jesús va a morir en la cruz, va a ser sepultado. Pero ése no será el final. El Padre (“mi Padre es el sembrador”, había dicho Jesús) no dejará que se pierda esa vida entregada, lo resucitará y lo glorificará. Y toda la Iglesia exclamará: ¡Aleluya, ha resucitado el Señor, y vive para siempre!

Nosotros somos fruto de esa entrega de Jesús. Y si somos bien nacidos, pues lo somos por el bautismo, y queremos vivir agradecidos, no podemos hacer otra cosa, existencialmente y cristianamente, que seguir los pasos de Jesús.

Como él, nuestra vocación es entregar la vida para que demos fruto en el mundo. El mundo es el lugar donde Jesús vivió, se entregó cada día y a cada persona, invitando a quienes quisieran seguirle, trabajar por el Reino del Padre, reino de paz y justicia, reino de vida y verdad, donde los preferidos fueran los marginados, los que sufren y los pecadores, los que más necesidad tienen de cuidado amoroso y de misericordia. No a todos agradó su mensaje comprometido y comprometedor, unos se emocionaron con la bondad y ternura de aquel hombre Dios, pero otros no. Y lo mataron. Es la vida de tantos hombres y mujeres de Dios que todos conocemos. Son los mártires de nuestro tiempo. Es nuestra propia vocación, porque es la vocación de todo cristiano. Aquí no puede haber “escasez de vocaciones”. En el bautismo, todos fuimos sepultados con Cristo en su muerte, para ser con Él resucitados.

Lucio Arauzo

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