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¡PURIFICAOS!
6 mar 2012
Lucio Arauzo. Sacerdote
Jesús les hablaba del templo de su cuerpo.
Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: Ese templo sois vosotros” y Cristo se ha identificado con ese templo que es el hombre.

TERCER DOMINGO DE CUARESMA
Ciclo B. 11 de marzo de 2012

HOMILÍA

¡PURIFICAOS

El evangelio de este domingo tercero de Cuaresma nos ofrece la oportunidad de purificar nuestros esquemas religiosos respecto de nuestra adoración a Dios y al prójimo.
“Pero Jesús les hablaba del templo de su cuerpo”. Jesús es el Templo de Dios. No hay otro templo. Ni Garizim, ni Jerusalén, ni el grandioso templo de Salomón. Cuando Jesús dijo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”, los judíos no comprendieron que les hablaba del Templo de su cuerpo. ¿Lo entendemos nosotros? ¿Dónde está presente Dios para nosotros? ¿Qué templo puede albergar la presencia del Señor de cielos y tierra? Sólo uno: Jesucristo. “El Padre está en mí y yo en Él”, dirá Jesús. Y ese Padre quiere ser adorado en Espíritu y en Verdad.

Tras la Pascua, Cristo resucitado prolonga su presencia en la comunidad de los discípulos, en su Iglesia. Ella es, como la definió el Concilio, “sacramento universal de salvación, signo e instrumento de la unión íntima de Dios con el hombre y de la unidad del género humano”. Lo humano, el hombre, todos los hombres y cada uno de ellos, en la dignidad y unicidad de su persona, es el lugar donde Dios habita y quiere seguir habitando. “Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: Ese templo sois vosotros”, dice Pablo a los corintios. Cristo Señor se ha identificado con ese templo que es el hombre. La enseñanza de Jesús, su testamento y juicio, es una llamada a descubrir en el pobre toda su presencia real: “Cada vez que los hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, hambrientos, forasteros, desnudos, enfermos, encarcelados, a mí me lo hicisteis”. La Cuaresma nos pide que purifiquemos nuestras ideas, nuestro corazón y nuestra mente, a la medida de Dios.

Debemos ser más sensibles a la destrucción que cada día seguimos haciendo de ese templo sagrado que son los pobres, y los países y continentes pobres. ¿Se puede soportar pasivamente, sin indignarse al menos, tanta humillación de los pobres, tanta muerte, tanta guerra, tanta mentira de los poderosos, tanta explotación? Para que no olvidemos sus enseñanzas, Jesús nos convoca y nos reúne en la celebración de su Alianza Nueva y Eterna, hecha sacramento en su Cuerpo entregado y en su Sangre derramada. Con Jesucristo, nuestro Señor, con su palabra y con su vida entera, vamos a comulgar ahora en esta mesa, signo de la mesa del Reino, alimento y fuerza para anticiparla en el tiempo presente.

Con María, templo del Espíritu, que llevó en sus entrañas al Hijo de Dios, madre de la Iglesia y de todos los creyentes, de los pobres y de cuantos sufren, pedimos a Dios, como Ella, que “derribe del trono a los poderosos y enaltezca a los humildes”. Y que derribe también, en cada uno de nosotros, la pasividad y el egoísmo, para que imitando a nuestra Madre, nos pongamos a servir a quienes nos necesitan.

Lucio Arauzo
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