carta

JESÚS NOS PUEDE PERDONAR.
14 feb 2012
Lucio Arauzo. Sacerdote.
Está muy próxima la Cuaresma.

A veces nos cuesta dejarnos perdonar, porque en el fondo no nos perdonamos a nosotros mismos.

 

SÉPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
19 de febrero de 2012. HOMILÍA

JESÚS NOS PUEDE PERDONAR

En estos últimos domingos hemos visto a Jesús enseñando en las sinagogas y asombrando con su enseñanza, curando enfermos y expulsando demonios, levantándose de madrugada para orar en un descampado, y el pasado domingo limpiando a un leproso. Marcos terminaba El relato con estas palabras: “acudían a él de todas partes”. Fue la última frase que oímos hace una semana.

Hoy hemos proclamado el relato de la curación de un paralítico. Con un añadido especial: la curación está precedida con un perdón de los pecados, que Jesús realiza al ver la fe de los que llevan al paralítico: “Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: Hijo, tus pecados quedan perdonados”.

El hecho provoca en los presentes reacciones diferentes. Unos escribas piensan en su interior que Jesús blasfema. Se inicia el conflicto de Jesús y algunos dirigentes religiosos de su pueblo. Otros, nos dice el final del relato, se quedan asombrados y dan gloria a Dios. Nunca han visto nada igual, Jesús es diferente. También nosotros somos invitados a descubrir a Jesús como alguien especial, único, capaz de perdonar nuestros pecados y sanar nuestra parálisis.

Todos nosotros, toda la Iglesia, somos llamados a hacer presente hoy la enseñanza del evangelio. En Jesús ha llegado a plenitud la compasión de Dios hacia el hombre enfermo y pecador. Ésa debe ser la actitud de los seguidores de Jesús: sanar a los demás y dejarnos sanar por el que es la fuente de la salud y del perdón. Está muy próxima la Cuaresma. Esos días se organizarán en las comunidades cristianas actos y celebraciones penitenciales. Seremos invitados a acudir confiadamente a la misericordia y al perdón divinos: “Misericordia; Dios mío por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa” (Salmo 50). En algún momento de la Cuaresma se oye decir al profeta Isaías: “Venid, aunque sean vuestros pecados como la grana, como nieve blanquearán” (Isaías 1,18). A veces nos cuesta dejarnos perdonar, porque en el fondo no nos perdonamos a nosotros mismos. Nos es necesario dejarnos perdonar por el inmenso amor de Dios. A Dios no hay pecado que se le resista. Lo hemos escuchado hoy de labios de Jesús: “El Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados”. Y la curación de un paralítico es el signo eficaz del perdón de los pecados. Incluso aunque el paralítico no diga ni una palabra invocando el perdón.

Con la misma generosidad con que Dios perdona en Jesús, debe otorgar la Iglesia el perdón, a cuyo servicio está en nombre de Dios. También en la Iglesia se han puesto y se siguen poniendo muchas trabas a la hora de otorgar el perdón divino. Un arrepentimiento sincero, mostrado con las lágrimas, el llanto o el silencio, mueve la compasión de Jesús al perdón del pecador. “Un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias”, canta el Salmo 50, el Salmo penitencial por excelencia. ¿Por qué exigir más? Tampoco menos. Unas Celebraciones Comunitarias del Perdón”, que deben ser preferidas a una celebración individual y casi privada, como recomienda el Concilio, bien preparadas y realizadas en la comunidad celebrante, pueden ayudar a vivir esa actitud del sincero arrepentimiento, que nos abre al perdón de Dios.

Todavía una última enseñanza del evangelio de hoy: algunos de los presentes piensan que Jesús blasfema. Será una acusación que mantendrán hasta que consigan acabar con él (Mc. 14, 64). Pero hay otros que al ver lo sucedido “daban gloria a Dios”. Una actitud muy positiva y que debemos hacer nuestra: ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu perdón”.

Lucio Arauzo

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