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MANOS UNIDAS 2012.
08 feb 2012
Lucio Arauzo. Sacerdote.
TENEMOS HAMBRE. QUEREMOS VIVIR.

Manos Unidas nos ofrece durante todo el año, y de manera especial en esta Jornada, a través de su prestigiada Campaña contra el Hambre”, la posibilidad de abrir nuestra generosidad a la necesidad de nuestros hermanos que pasan hambre.

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO. 12 de febrero de 2012

TENEMOS HAMBRE. QUEREMOS VIVIR.

Una multitud hambrienta interpela la conciencia de la humanidad, nuestra conciencia. Manos Unidas nos ofrece durante todo el año, y de manera especial en esta Jornada, a través de su prestigiada Campaña contra el Hambre”, la posibilidad de abrir nuestra generosidad a la necesidad de nuestros hermanos que pasan hambre.

Este año con el lema “La salud, derecho de todos: ¡Actúa!”. Antes, el viernes, nuestras comunidades y otras muchas parroquias y grupos en toda la Diócesis, celebraremos vigilias de oración pidiendo a Dios que nos ayude a acabar con este crimen contra la humanidad, y que sepamos abrir nuestras mesas al amor y a la solidaridad.

Con frecuencia los medios de comunicación social se hacen eco de la hambruna que amenaza a cientos de millones de personas en el mundo. Millones a añadir a los más de cinco millones de niños que cada año mueren de hambre y miseria. Se conocen las palabras rotundas de Jean Ziegler, delegado de la ONU para asuntos alimentarios, acerca del “silencioso asesinato en masa” al que está llevando, entre otras causas, el actual aumento de precios de los alimentos. Y no se muerde la lengua al denunciar que “tenemos una multitud de empresarios, especuladores y bandidos financieros que han convertido en salvaje un mundo de desigualdad y de horror”. Sus palabras nos recuerdan a los “mecanismos perversos” (detrás de ellos siempre hay personas) que denunciaba Juan Pablo II en la Encíclica “Sollicitudo rei socialis”. Y también en su Exhortación Apostólica Pastores gregis: “En la actualidad hay hambre en muchas partes de la tierra, mientras en otras hay opulencia. Si no hay esperanza para los pobres, no la habrá para nadie, ni siquiera para los llamados ricos”.  Aunque no parece que ni la compasión por los pobres ni el miedo a la inseguridad provoque en el mundo rico, buena parte del cual se declara cristiano, alguna reacción seria, decidida, eficaz, para cambiar el actual injusto estado de cosas.

El drama del hambre en el mundo es el más grave de los dramas en palabras de Juan Pablo II. Lo cual debería, en primer lugar, conmover nuestro corazón. E inmediata e inseparablemente, movilizarnos a todos los creyentes. Porque “quien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano, al que cada día ve en los Medios, es un embustero y el amor de Dios no está en él”. Lo dice la Primera Carta del Apóstol San Juan. Y lo ha repetido toda la tradición de la Iglesia: el Nuevo Testamento, los Santos Padres, hasta las últimas enseñanzas pontificias de Benedicto XVI: “El amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. Jesús se identifica con los pobres: los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos o encarcelados. “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40).

¡Cuántas llamadas recibimos cada día de gente sencilla y buena! ¡Cuántos cooperantes, organismos, misioneros y religiosas, voluntarios! Copio este titular de una entrevista a Ángel Oradan, misionero de los Padres Blancos: “Las casas de los etíopes son museos de pobreza, pero templos de dignidad”. ¡Qué grandeza, cuánta palabra de Dios en tan pocas palabras de este misionero! ¡Cuánta esperanza en esos ojos hambrientos, aguardando en sus manos abiertas un alimento que no les llega! Es hermoso el mensaje de amor de nuestra fe cristiana. ¿Cómo es posible que este mensaje no se traduzca en tareas concretas, en caminos de amor y de justicia?

Recordemos las palabras de Jesús: “No les despidáis. ¡Dadles vosotros de comer!”.

Lucio Arauzo

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