carta

¡Consolad, consolad a mi pueblo!
01 dic 2011
Lucio Arauzo. Sacerdote.
«No castiga Dios. Eres tú quien se aleja del calor y cariño del hogar paterno»

La venida anunciada y próxima de Jesús nos invita hoy a recoger este mensaje del Bautista. Todos somos llamados a preparar el camino del Señor y a la conversión.

DOMINGO 2º DE ADVIENTO

HOMILÍA. ¡Consolad, consolad a mi pueblo!

Nuestros templos y nuestras propias vidas han comenzado a iluminarse con la luz de la Esperanza, significada en las velas de nuestras coronas de Adviento. Hoy esa esperanza se hace grito en la voz del profeta Isaías: ¡Consolad, consolad a mi pueblo!

Todo el pueblo, especialmente el pueblo abatido y desterrado, recibe por boca de Isaías el consuelo de Dios: ¡Consolad a mi pueblo! El olvido de la Alianza con Dios, ha hecho que el pueblo se aleje de su Dios y de la tierra prometida. El pueblo, sí, él mismo, se ha olvidado de Dios, el pueblo se ha des-terrado. Y en el destierro ha conocido la dureza de una vida alejada de su Dios. No castiga Dios. Eres tú quien se aleja del calor y cariño del hogar paterno. Pero ahora, vuelve a casa, prepara tu retorno, grita el profeta. Dios va a hacer el camino contigo y te invita a preparar ese camino. Endereza lo torcido, iguala lo escabroso. Dios mismo va a acompañar tus pasos.

La experiencia vivida por Israel puede y debe ser también la nuestra. Los textos bíblicos son Palabra de Dios, viva y eficaz, cuando alguien, hombre o mujer, comunidad, familia, Iglesia, las hace vida de su vida, enseñanza y voluntad de Dios para el pueblo de Israel y para el Pueblo de Dios del Concilio Vaticano II. Es el hoy de Dios vivido en la Historia. Y así, nosotros podemos y debemos sentirnos consolados por nuestro Dios. Él nos guía, apacienta y cuida con cariño. Su ternura le hace llevar en brazos a los corderos y cuidar a las madres. Da a cada uno el cuidado que necesitamos. Heraldo de Jerusalén, súbete a lo alto de un monte y grita con fuerza que Dios consuela a su pueblo. Que ya ha sido perdonado su pecado.

ORACIÓN

Consuela a tu pueblo, Señor,
según tu palabra y tu promesa.
Conduce nuestros pasos
y tómanos en tus brazos,
porque no podemos vivir desterrados de ti.
Haz con nosotros el camino,
ayúdanos a prepararlo de tal forma
que los más débiles, humillados y abatidos
puedan caminar con nosotros
y sentarse a nuestra mesa,
en la esperanza de un mundo fraterno,
libre y digno para todos tus hijos,
hermanos nuestros en tu Hijo Jesucristo.
Amén.

 

Juan Bautista, en su sencillez y grandeza, recoge la llamada de Isaías y proclamará: “Viene el Señor. Ya está aquí. Es más grande que yo, que no soy digno de desatarle las sandalias. Preparadle el camino, allanad sus senderos”. Para preparar ese sendero por el que Dios pueda caminar, el profeta predica una conversión y un bautismo. Y muchos aceptan la propuesta de este hombre libre y austero. La venida anunciada y próxima de Jesús nos invita hoy a recoger este mensaje del Bautista. Todos somos llamados a preparar el camino del Señor y a la conversión.

En Jesús, Buena Noticia universal, viene la dignidad y la fraternidad para las relaciones humanas, para todo hombre y mujer. Jesús es el Evangelio de Dios para todos sus hijos, y es contrario a la voluntad de Dios limitarlo a unos pocos que se tienen a sí mismos por “elegidos”. Para Dios todos somos hijos muy queridos, y preferentemente los pobres. Hoy podemos concretar la llamada del Bautista en preparar caminos y allanar senderos pos los que los bienes de Dios lleguen a sus hijos que mueren de hambre.

Que también nosotros sepamos mantener encendida la esperanza de los pobres. Que nuestra segunda vela de Adviento sea capaz de iluminar la esperanza de los hombres y mujeres que pasan hambre, el mayor drama de nuestro tiempo.  Que con Juan Bautista seamos capaces de vivir con austeridad y compartir nuestros bienes con generosidad. Que no les defraudemos. Que puedan sentarse a la mesa con nosotros, tan sobrados de tantas cosas.

Lucio Arauzo

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