carta

Llamada al compromiso.
22 Nov 2011
Lucio Arauzo. Sacerdote.

«La salvación que Jesús trae al mundo exige un compromiso»

El Adviento es el tiempo de la gran esperanza, porque aquel cuya venida preparamos llega a nosotros como “el Salvador”.

Domingo I de Adviento. HOMILÍA. “LLAMADA AL COMPROMISO”

Con el primer domingo de Adviento estrenamos el Año Litúrgico, a lo largo del cual acompañaremos los pasos de Jesús, unidos a toda la Iglesia y a toda la humanidad, de cuyos gozos y esperanzas, angustias y tristezas nos sentimos solidarios. El  Adviento es el tiempo de la gran esperanza, porque aquel cuya venida preparamos llega a nosotros como “el Salvador”. En Él ponemos también nuestros esfuerzos renovados por “preparar los caminos del Señor”.

Cada año repetimos palabras parecidas en estos días. Y sin embargo, sería engañoso caer en una especie de rutina, porque cada día es nuevo. Porque en este último año han ocurrido muchas cosas en el mundo y en nuestra vida. ¿Quién de nosotros no se ha visto afectado por algún acontecimiento personal, familiar, mundial? Es en esa historia en la que el Adviento pronuncia cada año la palabra “esperanza”. Esperanza en un Salvador que viene a decir la Palabra de Dios que da sentido a la vida de los hombres. La humanidad alza su clamor: ¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, Salvador! La Iglesia se une a este clamor, y anuncia que hay una esperanza de salvación para el hombre,

Esperan salvación los pobres, oprimidos por los ricos y poderosos, y olvidados por ellos, frustrando así su esperanza. Esperan salvación los que lloran, pidiendo consuelo. También los que tienen hambre y sed de justicia necesitan ver sostenida su esperanza mientras se entregan a la construcción de otro mundo posible. Esperan un salvador los leprosos y crucificados de nuestros días, condenados a vivir y morir fuera de los muros de la ciudad; los que mueren de hambre, drama y vergüenza de nuestra aldea global y llamada a los que cada día disponemos de mesa y mantel. Necesitamos un Salvador también nosotros, que nos hemos instalado en un estilo de vida que desoye las llamadas de atención acerca de los peligros que puede acarrear tal estado de cosas: “Su prolongada avaricia (de los ricos y de los países ricos) no hará más que suscitar el juicio de Dios y la cólera de los pobres, con imprevisibles consecuencias” (Pablo VI, PP 49). Y necesita y espera un Salvador la Iglesia, para que cada día sea más la Iglesia de Jesús, pobre al servicio de los pobres.

Este año, la buena noticia de la esperanza nos llega de la mano del evangelista Marcos, que en este domingo nos grita: ¡Vigilad! ¡Estad despiertos, velad! La salvación que Jesús trae al mundo exige un compromiso. Devolver la esperanza a los pobres no es tarea fácil. La esperanza, amenazada por el egoísmo de los humanos, aparece como algo débil, pequeño, como una semilla que debe ser cuidada para que llegue a convertirse en un arbusto grande, en cuyas ramas puedan anidar las ilusiones y esperanzas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Los medios de comunicación nos ofrecen cada día, junto a noticias positivas, oscuros cuadros de violencia, muerte, hambre y guerra. Sin embargo, la esperanza de los pobres es invencible, porque el grito que les arrancan sus opresores ha llegado a los oídos de su Señor y Padre, que no dará largas a su salvación. Ése es el anuncio y la misión de Jesús, enviado al mundo y ungido por el Espíritu para anunciar la buena noticia a los pobres.

Que también nosotros, ungidos en nuestro bautismo por el mismo Espíritu, sepamos acompañar a Jesús en esa tarea liberadora cargada de esperanza.

Lucio Arauzo

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