carta

Hacer de la humanidad una fraternidad.
23 oct 2011
Lucio Arauzo. Sacerdote.
«Amar a Dios con todo nuestro ser, al prójimo como a uno mismo es la vocación y tarea de la Iglesia.»
“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20,21). Éste es el lema elegido por Benedicto XVI para la Jornada Mundial de las Misiones del 2011.

DÍA DEL DOMUND, 23 de octubre de 2011, Domingo XXX del T. O.

“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20,21)
Éste es el lema elegido por Benedicto XVI para la Jornada Mundial de las Misiones del 2011.

“Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”, reza la Eucaristía en este día. También Jesús nos dice: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a quien tú enviaste, Jesucristo”. Conocer a Jesús, amar a Dios con todo nuestro ser, y amar al prójimo como a uno mismo, hacer de la humanidad una fraternidad, es la vocación y tarea de la Iglesia. Ésa es “su identidad más profunda”, en palabras de Pablo VI.

Jesucristo el primero y más grande evangelizador al anunciar: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres”. Hay un signo al que Jesús atribuye la mayor importancia: el anuncio de la buena noticia a los pequeños, pobres, pecadores. Los que acogen este anuncio y optan por este signo se hacen discípulos, se reúnen “en su nombre”, forman una comunidad de vida y amor, y reciben esa buena noticia para comunicarla a todos: “Id y anunciad el evangelio a toda criatura”.

La Buena Nueva es proclamada, en primer lugar, mediante el testimonio. A través de su vida, los cristianos hacen plantearse, a quienes les miran, interrogantes profundos: ¿Por qué son así? ¿Quién les inspira?  Preguntas que se plantearán muchos no cristianos, personas a las que Cristo no ha sido anunciado, o “la multitud de aquellos que, aun habiendo recibido el anuncio del Evangelio, lo han olvidado y abandonado, y no se reconocen ya en la Iglesia” (Benedicto XVI) o gentes que buscan a Alguien que dé sentido a sus vidas. Todos los cristianos estamos llamados a este testimonio de fidelidad a Jesucristo y a su mensaje. El hombre de nuestros días escucha más a gusto a los testigos que a los que enseñan.

La evangelización lleva también consigo un mensaje vigoroso sobre la liberación. Liberación de hambres, de enfermedades, pobreza, de injusticia en las relaciones internacionales. Todo esto no es extraño a la evangelización. Hemos de alegrarnos de que surjan grupos, iniciativas, movimientos, que sin ser confesionales, incluso manifestándose críticos ante algunas de nuestras actitudes eclesiales, levantan su voz frente a aquello que oprime al hombre y ultraja su dignidad, que para nosotros, los cristianos, es la dignidad de los hijos de Dios.

Esta tarea evangelizadora atañe a todos los bautizados: “La Iglesia entera es misionera, la obra de evangelización es un deber fundamental del pueblo de Dios. El campo de su acción evangelizadora es el complejo mundo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc. Todo ello al servicio del reino de Dios y de la salvación en Cristo” (Pablo VI, Evangelii nuntiandi).

Pero no habrá evangelización sin la acción del Espíritu Santo. Él es el alma de la Iglesia. Él actúa en cada creyente. “Ojalá que el mundo actual, que busca a veces con angustia, a veces con esperanza, pueda recibir la Buena Nueva a través de servidores del Evangelio cuya vida irradia la alegría de Cristo, y entregan su vida a la tarea de anunciar el reino de Dios y de plantarlo en el corazón del mundo” (Pablo VI).

Lucio Arauzo

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