carta

Jesús: Templo auténtico.
23 SEP 2011
Lucio Arauzo. Sacerdote.
«Jesús expulsa del Templo a los vendedores y cambistas»

Afirmar que creemos en Dios puede valer para las encuestas sobre el catolicismo español, pero no asegura que se esté trabajando por la construcción del Reino, como hizo Jesús.

DOMINGO 26 DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo A. 25 de septiembre de 2011

HOMILÍA

Queridos hermanos: El evangelio que hemos proclamado está situado en Jerusalén y en los últimos días de la vida de Jesús. Según el relato de Mateo, lo primero que Jesús hace después de su entrada en Jerusalén es expulsar del Templo a los vendedores y cambistas Se radicaliza así un enfrentamiento de Jesús con los responsables religiosos, que buscarán la forma de acabar con él. En este contexto hay que entender la parábola de hoy y los textos de los próximos domingos.

¿Por qué este rechazo hacia Jesús, ese odio a su persona y a su mensaje? El enfrentamiento se debe a la imagen de Dios que Jesús presenta: un Dios Padre bueno y misericordioso, que muestra su cuidado por los “enfermos”: los pobres, pecadores, “publicanos y prostitutas”. Frente a ese Dios y Padre que orienta toda la vida de Jesús, los sacerdotes y dirigentes presentan un Dios del Templo y de los sacrificios, un Dios que castiga a los pecadores, leprosos y apestados. Son pobres y están enfermos porque Dios les ha castigado por sus pecados.

Y nosotros, ¿en qué Dios creemos? Nuestro Dios, ¿es el Dios que nos muestra Jesús? Porque si no es así, decir con nuestra boca que creemos en Dios vale de muy poco. La fe se muestra auténtica en el seguimiento de Jesús. Afirmar que creemos en Dios puede valer para las encuestas sobre el catolicismo español, pero no asegura que se esté trabajando por la construcción del Reino, como hizo Jesús.

En el texto de la parábola de hoy la denuncia de la hipocresía religiosa se clarifica con la figura de los dos hijos y con las dos preguntas de Jesús. La primera de ellas dice: “¿Qué os parece?”. Un padre invita a sus hijos a trabajar en su viña. El primero de los hijos, al desobedecer rotundamente al padre con su “no quiero”, le estaría despojando de su autoridad, tal vez delante de los vecinos. El segundo hijo, el del “voy, Señor”, aparecería como obediente y dejaría a su padre en muy buen lugar. Pero en la parábola hay una segunda pregunta: “¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?”. Con este doble interrogatorio, Jesús nos quiere conducir a la autenticidad de vida de aquel que cree de verdad en Dios. Lo central en la vida de Jesús fue cumplir la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra. Y eso es también lo central en la vida de un creyente: cumplir lo que Dios quiere. Así que los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo y todos y cada uno de nosotros, nos encontramos aludidos y comprometidos en nuestra propia respuesta: el primero de los hijos, arrepentido de su negativa, fue a trabajar en la viña. El segundo hijo resultó un hipócrita, no hizo lo que el padre quería. Ese sentirse aludido por la parábola de Jesús puede llevar al arrepentimiento. Así lo hicieron muchos de los oyentes de Juan Bautista y de Jesús, publicanos y prostitutas entre ellos. A ese arrepentimiento somos invitados también nosotros.

¿Amamos, como Jesús, a los pobres, a los pecadores, a los rechazados y despreciados de nuestra sociedad? Nuestra Eucaristía, ésta que estamos celebrando, es el signo máximo del amor y de la entrega de Jesús por toda la humanidad. De nosotros depende que no se quede en un rito lleno de palabras y vacío de contenido, sino que sea signo auténtico de una mesa abierta a todos y de un Pan que nos da fuerzas para construir el Reino en cuanto salgamos por esa puerta. Habremos celebrado entonces, en Espíritu y en Verdad, la Comunión con la Palabra y con el Cuerpo de Jesucristo, el Señor de la vida, nuestro único Señor.

Lucio Arauzo

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