carta

Los Fieles cristianos laicos
19 SEP 2011
Lucio Arauzo. Sacerdote.
«Los laicos y la construcción del Reino de Dios en el mundo»

“Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”. Hoy, como ayer, seguimos sin entender que Dios es amor, que en Jesús ha mostrado su predilección por los últimos.

DOMINGO 25 DEL TIEMPO ORDINARIO 18 de Septiembre de 2011. HOMILÍA

Queridos hermanos: El año 1988, el Papa Juan Pablo II escribió una Exhortación Apostólica especialmente dirigida a “Los Fieles cristianos laicos”. En la Introducción, el Papa hace una vehemente llamada a los laicos a asumir su responsabilidad en la edificación de la Iglesia y en la construcción del Reino de Dios en el mundo. Y toma como fundamento evangélico el texto que acabamos de proclamar en el evangelio, en concreto las frases “Id también vosotros a mi viña”. “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”. Todos estamos llamados a trabajar en la viña del Señor.

La imagen de la viña le viene bien a Jesús para hablar del Reino de su Padre Dios. Los jornaleros en la plaza, esperando a que un amo les contrate, parece que era algo corriente en los tiempos de Jesús. También nosotros hemos conocido esa situación en las plazas y pueblos de la España más pobre de la postguerra: el amo decidía quién iba a trabajar para él y cuánto iba a cobrar. Hoy sigue existiendo la explotación en el campo laboral, pero reviste otras formas, se disfraza con otro ropaje: “La situación de paro, la precarización del empleo, la economía sumergida, los contratos-basura y los bajos salarios, que siembran en los trabajadores y sus familias una permanente inseguridad, los horarios flexibles en función de la productividad, que produce un grave atentado contra el estado físico y psíquico del trabajador, la movilidad geográfica, que rompe relaciones familiares, culturales y sociales, la siniestralidad laboral, la pérdida de la cultura y conciencia obreras” (Departamento de Pastoral Obrera de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar).

La parábola de Jesús tiene también otra enseñanza que nos escandaliza: los últimos reciben el mismo salario que los primeros. Jesús está hablando del Reino de Dios, del proyecto de su Padre, que él conoce bien y que ha asumido con todas sus fuerzas. Y es cierto que ese proyecto altera nuestros esquemas y nuestras ideas sobre cómo es Dios: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”. Hoy, como ayer, seguimos sin entender que Dios es amor, que en Jesús ha mostrado su predilección por los últimos, que ha venido a buscar y salvar lo perdido, que se llena de alegría con el retorno a casa del hijo que se había extraviado. Dios tiene una manera muy especial de mirar la vida, y no se trata de hacerle cambiar a él sino de cambiar nosotros. Él, que es el único primero, se ha hecho el último de todos y el servidor de todos, para salvar a todos. Así es Dios, y esa manera de ser Dios  alegra a Jesús y debiera también alegrarnos nosotros. ¡Qué dicha y qué don tener un Padre así! ¡Qué dicha y qué don haber conocido a Dios desde primera hora y tener la suerte de trabajar en su viña desde por la mañana! Y sin embargo, cuando vemos que Dios es bueno, y que busca y llama a otros hasta las últimas horas del día, sentimos envidia y nos quejamos, mostrando así que no hemos entendido nada.

Dios es amor, y su amor nos envuelve como la madre envuelve a la criatura en sus entrañas. Dios es amor entrañable. Sabido esto, lo hemos de aceptar con gozo. Sí, Dios me ama, y no va a dejar de quererme. A veces nos cuesta aceptar este amor, creer en él, dejarnos querer. Después, conocido el amor de Dios que nos envuelve y aceptado con gozo, se trata de vivir agradecidos. Así se cierra el ciclo que nació de Dios, y que a través de nuestro amor agradecido vuelve a Dios, mientras celebramos que a ese círculo y a esa mesa se vayan incorporando, a la hora que sea y por los caminos que Dios quiera, todos los hombres y mujeres de nuestro mundo.

Lucio Arauzo.

 

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