carta

Desde Pentecostés, el Espíritu nos une en Cristo.
10 jun 2011
Lucio Arauzo. Sacerdote.
«Sus llamaradas de fuego movió a los hombres y mujeres de aquella primera Iglesia a anunciar a Jesucristo»
El Espíritu abría de par en par las puertas de la casa para presentar y ofrecer al mundo una Iglesia abierta y servicial.

Querido amigo, querida amiga: Con gozo en el Espíritu Santo, celebramos los cristianos el acontecimiento de Pentecostés, las maravillas que ese Espíritu obró en los comienzos de la predicación evangélica, cuando su soplo de viento recio y el calor de sus llamaradas de fuego movió a los hombres y mujeres de aquella primera Iglesia a anunciar a Jesucristo, sus gestos y palabras, su muerte y resurrección.

La noticia no podía quedar encerrada en el miedo y en los muros del Cenáculo. Los discípulos allí reunidos, hombres y mujeres, con María, la madre del Señor, se sentían libres y liberadores, enviados a anunciar la Buena Nueva a los pobres y la liberación a los oprimidos. Ésa era la identidad de Jesús, su Señor, y querían que fuese también la suya.

El Espíritu abría de par en par las puertas de la casa para presentar y ofrecer al mundo una Iglesia abierta y servicial. Era el Espíritu que se llevaba para siempre de su Iglesia los miedos, y la purificaba cada día con la pobreza y el martirio. Un Espíritu que quiere seguir abrasando con su fuego todo poder que no sea un servicio fraterno, a los pies de todos, especialmente de los últimos, porque “el que quiera ser grande entre vosotros deber hacerse el último de todos y el servidor de todos”. Desde Pentecostés, el Espíritu une en Cristo a todos los creyentes para exclamar en ellos: ¡Abba, Padre!

El Concilio Vaticano II supuso el reconocimiento de la dignidad de todo bautizado y de su participación en la misión de Cristo. La consagración bautismal, mayor que la cual no hay ninguna otra, nos configura con Cristo. Todos los bautizados gozamos de idéntica dignidad. En nuestros corazones habita el Espíritu Santo. Nuestra ley suprema es amar como Cristo nos amó. Reunidos en Él, somos guiados por el Espíritu en el peregrinar hacia la casa del Padre, y hemos recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos.

El campo de nuestra actividad evangelizadora es el mundo de la política, de lo social, de la economía, de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación, así como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento.

El Espíritu sigue hoy impulsando la acción de los bautizados. Pero no actúa sólo en ellos. Todo hombre y mujer, creyente en Dios o no creyente, está habitado por el Espíritu de Dios, lo sepa o no lo sepa. El Espíritu, que llena la faz de la tierra, actúa donde quiere y en quien quiere. Nos toca, a los que nos decimos creyentes, descubrir los signos de su presencia y de su actividad en el mundo y en las personas. Y muchos hemos creído verle en ese movimiento del 15 M, del autodenominado “Democracia real ya”. Su indignación ante las injusticias de nuestro mundo es también nuestra indignación. ¡Ven Espíritu Santo, y renueva la faz de la tierra!

Lucio Arauzo

 

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