carta

¡Has resucitado y vives para siempre!
22 abr 2011
Lucio Arauzo. Sacerdote.
«La muerte no tiene la última palabra»
Seguimos al Señor que no se nos puede morir. Ésta ha sido la experiencia de los apóstoles y de los santos, y ésta puede llegar a ser nuestra experiencia.

Queridos amigos: ¡Jesucristo, el Señor, ha resucitado y vive en medio de nosotros! “Contempladlo y quedaréis radiantes” (Salmo 33).

Seguimos al Señor que no se nos puede morir. Ésta ha sido la experiencia de los apóstoles y de los santos, y ésta puede llegar a ser nuestra experiencia. Jesús, a quien los poderes del mal colgaron de un madero, ha triunfado sobre la muerte, ha sido glorificado a la derecha del Padre y camina a nuestro lado, solidario con nuestras penas y alegrías, gozos y esperanzas. Está vivo, sobre todo, en quienes hoy, en la noche oscura de la humanidad, siguen siendo con él crucificados.

Con ellos avanzamos también nosotros “hacia un mundo más justo y solidario, donde el ciego egoísmo de unos pocos no prevalezca sobre el grito de dolor de muchos, reduciendo a pueblos enteros a condiciones de miseria degradante. Que el mensaje de vida, transmitido por el ángel junto a la piedra removida del sepulcro vacío, venza la dureza de los corazones, lleve a la superación de barreras injustificadas y favorezca un encuentro fecundo de pueblos y culturas” (Juan Pablo II).

La cruz y la muerte no tienen la última palabra. En Jesús han triunfado, definitivamente, el amor y la vida. La luz ha vencido a las tinieblas. La entrega y el servicio, el dar la vida por los demás, han sido entrañablemente abrazados por el Dios de la Vida. Jesús se ha convertido en el primogénito de muchos hermanos y hermanas, y lidera la larga marcha de la humanidad hacia la liberación definitiva, hacia la casa del Padre. “Pasó haciendo el bien”.

¡Venid, benditos de mi Padre!, nos dice hoy el Señor resucitado, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Soy yo y estoy vivo. Soy el que compartía con vosotros las palabras y el amor del Padre, la mesa y el perdón. El que os llamó “mis amigos”. El que os entregó un testamento de amor, rubricado con el servicio y con mi sangre derramada. Es verdad lo que decíais: Yo tengo palabras de vida eterna, yo soy el pan vivo que da vida. Y cuando partís el pan en la mesa de los hermanos, especialmente abierta al forastero, al hambriento y al que sufre, soy yo quien abre vuestros ojos y pone calor en vuestros corazones.

¡Sí, Señor!, yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. ¡Has resucitado y vives para siempre!

¡Feliz noche, amigos, porque ya alborea la mañana más luminosa de la Historia humana!

Lucio Arauzo

 

“No perder el sueño, ni el canto, ni la risa.
Y cultivar la flor de la esperanza
entre las llagas del Resucitado”.

Pedro Casaldáliga

 

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