carta

Un año para crecer con Jesús.
19 Ene 2011.
Lucio Arauzo. Sacerdote.

La dura tarea del crecimiento humano.

Hace unos días contemplábamos a Jesús hecho niño. Estos días le vemos ya adulto en la escena de su bautismo.
Me gusta un Dios encarnado. Me gusta ver crecer a Jesús.
Comparte con nosotros la dura tarea del crecimiento humano, y me ayuda a mí a crecer. Un dios que no me acompañase desde el nacer hasta al morir, pienso que no me podría acompañar en ese paso definitivo de su vida y de la mía que es el paso de la muerte a la resurrección. Así que me dispongo, con buen ánimo, con ánimo renovado, a crecer con Él en este Año Nuevo recién estrenado.

Me gusta ver crecer a este Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, según me dice el dogma. No sólo es Dios, sino que es “mi Dios”. Y lo afirmo con todo convencimiento. Con idéntico convencimiento, no menor, creo y afirmo que es verdadero hombre. Y con Lucas yo también me atrevo a afirmar que ese Dios encarnado “crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y los hombres”. “Gracia”, esa misma palabra con que Dios saluda a María: la llena de Gracia.
María tuvo mucho que ver en ese crecimiento de Jesús, como canta esa hermosa canción sobre María:

“Tú le enseñaste los primeros pasos
  al que fue senda para la humanidad,
             las primeras palabras aprendió de tu boca
                aquel que al mundo dio palabras de verdad”.

Luego él seguiría su camino, pero ella le enseñó a andar.

Me gusta que Jesús acompañe mi propio proceso de crecimiento, de conocimiento de Dios, aunque el suyo será tan superior al mío. Me gusta que me ayude a crecer en gracia, en esa relación íntima con Dios, sentirme amado, como Él, viviendo agradecido y en alabanza a ese Dios que me ama. Este crecimiento “ha de ser necesariamente declarado de Jesús, si no queremos que la doctrina de la verdadera humanidad del Hijo, igual a la nuestra, quede reducida al mito de un Dios disfrazado de apariencia humana" (Karl Rahner).

Me gusta verle acompañándome en mis sufrimientos, angustias y miedo. Me duelo con él en Getsemaní, aunque yo también me duerma. Porque sé que cuando la angustia y el miedo no me dejen descansar y dormir, recordaré que Él, mi Dios y hermano, ha sufrido realmente conmigo. Que lo suyo no era una apariencia, que Él estaba allí sufriendo de verdad, hasta sentir el abandono del Padre y permaneciendo en la fe, esperanza y amor hacia Él. Ése es mi Jesús, al que me dispongo a ver crecer a lo largo del año acompañando mi propio crecimiento.
Hoy puedo nacer de nuevo. Tengo un año por delante, recién estrenado, para crecer en edad, sabiduría y gracia, con este Jesús hombre y Dios que me va a acompañar desde el nacimiento hasta la muerte, compartiendo mis gozos y esperanzas, angustias y tristezas, porque él también las vivió. Y cuando llegue el final de la vida, tal vez alcance la suerte de una muerte que me ayude a exclamar con él: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Entonces comprenderé del todo lo que ha dicho el Concilio: "El misterio del hombre, sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado" (Gaudium et spes 22). Ese misterio que estos días hemos recordado y celebrado.

¡Feliz Año Nuevo!
  Lucio Arauzo

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